CANTAR DE LOS CANTARES – anónimo

san-pabloDe niño fui un lector voraz. Recuerdo que a veces, en el pueblo, mis amigos no estaban y yo leía mucho, sentado afuera bajo alguna sombra o en casa cuando el tiempo no acompañaba. Leía muchísimo; los libros que me regalaban, los que tomaba prestados de la biblioteca, los que había en casa de mis abuelos y en la de mis tíos y también, cuando me quedaba sin libros y había todavía mucho día por delante, cuando ya había dibujado durante horas, cuando el tiempo no era bueno para salir a jugar afuera y empezaba a sentir las punzadas del aburrimiento, leía algunos pasajes de la Biblia. Iba a por los pasajes cuyos títulos espoleaban más mi imaginación: el Génesis, el Éxodo, el Apocalipsis. Ya adolescente, cautivado por la historia antigua de Mesopotamia, me interesé por los libros de Isaías y Daniel.

Esos tiempos quedan ya distantes y hasta ayer no había leído ningún pasaje bíblico en muchos años. He elegido leer, probablemente, el menos bíblico de todos, el Cantar de los Cantares, en el cual la palabra “Dios” o cualquiera de sus sinónimos bíblicos no aparece una sola vez. El Cantar es una serie de 8 poemas de amor cantados que forman un ciclo; es decir, leídos en orden desarrollan una historia. La tradición ve en ellos una alegoría del amor divino al pueblo israelí. Sea esto cierto o no, los poemas han sido siempre considerados de enorme calidad lírica.

Sorprende la fuerza con que algunos pasajes expresan el amor, ya simbólico o carnal, entre un hombre y una mujer que se quieren. Se buscan y se encuentran, se separan y aspiran esperanzados a volver a verse y vivir juntos para siempre. Me ha sorprendido, a título personal, que la figura de la mujer sea morena y de cabellos, imagino, oscuros, intuyéndose que esto pudiera parecer algo negativo, mientras que el hombre es rubio, “uno entre miles“. Hay gran cantidad de símiles y se requiere cierto conocimiento de la época para entender muchos de ellos; yo he entendido algunos, al menos a un cierto nivel: las referencias al faraón, el templo de Salomón, los cedros del Líbano, Tarsis, Jerusalén, la vegetación y el pastoreo; mientras que me he perdido en otros: Galaad, Tirsá, el monte Amaná, Aquilón y Austro. Los poemas están llenos de referencias vegetales y geográficas. Al final, lo que importa y lo que sobresale es el poder del amor, porque “Aguas inmensas no podrían apagar el amor, / ni los ríos ahogarlo”.

escrito en hebreo | leído en español

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